Secretos y Latidos a Orillas del Lérez

por | 31 enero, 2026

Caminar hacia el hospital o la consulta en Pontevedra tiene una cualidad diferente a hacerlo en cualquier otra ciudad. Aquí no hay el caos de tráfico de una gran metrópolis; mi trayecto a menudo implica cruzar la Plaza de la Peregrina bajo una lluvia fina, esa que los gallegos llamamos orballo, pisando las losas de piedra mojada del casco antiguo. Es un paseo que me sirve de transición, un momento para dejar de ser una vecina más y convertirme en la doctora en la que cientos de mujeres confían lo más sagrado de su intimidad.

Al ponerme la bata blanca y calentar el gel para el ecógrafo, soy consciente de que mi trabajo es una ventana privilegiada a la vida de la ciudad. trabajar de ginecóloga en Pontevedra no es solo cuestión de ciencia médica; es ejercer de confidente, de consejera y, a veces, de paño de lágrimas.

Mi agenda es un mosaico de etapas vitales. A las nueve de la mañana puedo estar escuchando el galope frenético de un corazón fetal de doce semanas, viendo cómo los ojos de una futura madre primeriza se llenan de lágrimas de incredulidad y alegría. Ese sonido, rítmico y potente, es la mejor música que existe, capaz de borrar el cansancio de cualquier guardia. Pero media hora después, el tono cambia. Me siento frente a una mujer de cincuenta años que atraviesa el torbellino de la menopausia, que siente que su cuerpo ya no es suyo. Ahí, el ecógrafo pasa a un segundo plano y lo que importa es la escucha, la validación, explicar que no es un final, sino un cambio.

Ejercer en Pontevedra tiene una particularidad: el tamaño de la ciudad. Es lo suficientemente grande para tener un hospital de referencia y tecnología punta, pero lo suficientemente pequeña para que el anonimato sea relativo. A veces, la paciente que se sienta en la camilla es la profesora de mis hijos, la cajera del supermercado o la abogada que gestionó mis papeles.

Eso exige una ética del silencio inquebrantable. Cuando me cruzo con ellas por la calle Benito Corbal o paseando por la orilla del río Lérez, intercambiamos una sonrisa cómplice, un saludo breve. Ellas saben que yo sé. Saben que conozco sus miedos sobre la fertilidad, sus historias clínicas o la ansiedad de aquel resultado que tardó en llegar. Y yo sé que ese secreto se queda estrictamente entre las paredes de mi consulta.

Hay días duros, por supuesto. Días en los que tengo que dar noticias que nadie quiere escuchar, donde el silencio en la sala de ecografía es denso y frío. En esos momentos, la técnica médica no basta; hace falta humanidad, tacto y una mano sobre el hombro.

Pero al final del día, cuando cuelgo la bata y salgo de nuevo al aire fresco de la ría, siento una profunda gratitud. He ayudado a traer vida al mundo, he prevenido enfermedades y he acompañado a mujeres en sus momentos más vulnerables. Ser ginecóloga en Pontevedra es ser, de alguna manera, guardiana de las historias invisibles que tejen esta ciudad.