En Galicia tenemos una relación muy particular con la piedra y con el adiós. Dicen que aquí no morimos, sino que nos mudamos de barrio. Hace poco me tocó gestionar ese trámite inevitable en Muros, y me di cuenta de que encargar una lápida en esta villa marinera es algo más que una compra; es un ritual que conecta con la historia misma del lugar.
Muros es piedra por los cuatro costados. Sus casas, sus soportales y sus calles hablan el idioma del granito. Por eso, cuando llega el momento de elegir la última morada para un ser querido, sientes la responsabilidad de estar a la altura de esa tradición. No se trata simplemente de elegir un catálogo por internet. Aquí, lo suyo es visitar el taller, la marmolería.
Recuerdo entrar en el taller con el olor característico al polvo de piedra mojada y el ruido de fondo de las pulidoras. El trato no fue el de un vendedor, sino el de un artesano. En Muros, los marmolistas saben que no te están vendiendo un mueble, sino la memoria de una familia. Me sorprendió la paciencia con la que revisamos los materiales. Aunque el granito negro intenso o de importación está de moda, hay algo en el granito gris del país, el de toda la vida, que me parecía más honesto para resistir los inviernos de la ría.
El proceso de diseño fue una conversación pausada. Elegir la tipografía, decidir si poner una cruz clásica, un motivo marinero —tan habitual en este cementerio donde el mar siempre está presente— o una frase que resumiera una vida. Me explicaron cómo el salitre afecta a ciertos grabados y por qué es mejor invertir en una buena inscripción tallada hacia dentro que en letras pegadas que el viento del nordés acabará arrancando.
Ver el trabajo terminado, colocado en su sitio, me dio una extraña paz. El cementerio de Muros tiene una belleza sobria y, al ver las lápidas en Muros nuevas integrándose entre las antiguas, sentí que habíamos cumplido. No es solo una losa fría; es la garantía de que, pase el tiempo que pase, ese nombre seguirá escrito en piedra frente al mar que tanto nos define.