Siempre he pensado que el viaje empieza mucho antes de pisar la arena, y en este caso empieza en el muelle, con ese cosquilleo previo a subir a bordo que ya forma parte del recuerdo. Mientras espero, repaso mentalmente los detalles de la travesía, porque organizar bien el traslado es la clave para que el día fluya sin sobresaltos. Reservar con antelación el ferry a islas cies no es solo una cuestión de comodidad, es casi una declaración de intenciones, la de asegurarte un asiento en una experiencia que, cuando el tiempo acompaña, se convierte en uno de esos trayectos que ya justifican el viaje por sí mismos.
Me gusta llegar con margen, sentarme a mirar el movimiento del puerto y dejar que la impaciencia se transforme en calma. Veo cómo el barco se prepara, cómo la tripulación revisa detalles, y siento que todo está a punto de ponerse en marcha. Cuando subo a cubierta y el motor empieza a vibrar bajo los pies, noto esa mezcla de expectación y serenidad que solo dan los trayectos por mar. A medida que nos alejamos de la costa, la ciudad se vuelve pequeña y el horizonte se abre, y entonces entiendo por qué tanta gente describe estas aguas como si fueran de otro continente, aunque estén a un paso de casa.
Durante la travesía, el color del agua va cambiando, y es imposible no quedarse hipnotizado mirando por la borda. Hay días en los que el mar parece un cristal pulido, y otros en los que se mueve con una energía que te recuerda que aquí manda la naturaleza. Yo aprovecho ese tiempo para desconectar, para sentir el sol en la cara y dejar que el viento me despeine sin importarme demasiado el resultado. Es un tránsito corto, pero suficiente para ir dejando atrás el ritmo cotidiano y entrar en modo isla, ese estado mental en el que todo se vive con más presencia.
Antes de salir de casa siempre reviso la mochila con una atención casi ritual. No porque vaya a pasar nada extraordinario, sino porque sé que en la isla no hay margen para el olvido. El agua es imprescindible, sobre todo si tengo pensado caminar, y algo de comida sencilla que me permita alargar la jornada sin depender de horarios. También llevo protección solar, una gorra, y una toalla que siempre acaba llena de arena y de historias. No cargo con más de lo necesario, porque parte del encanto está en moverte ligero, sin sentir que arrastras medio armario a la espalda.
Al llegar, el desembarco es rápido, casi coreografiado, y de pronto estás ahí, con la sensación de haber cruzado una frontera invisible. Me gusta detenerme un momento antes de empezar a caminar, mirar alrededor y decidir sin prisas hacia dónde ir primero. No hay una única forma correcta de vivir el día, y eso es lo que más me gusta. Puedo optar por buscar una cala tranquila, tumbarme a leer y dejar que las horas pasen, o calzarme bien y perderme por los senderos que regalan vistas que parecen sacadas de una postal exagerada.
El tiempo en la isla se estira, y esa elasticidad es uno de sus mayores regalos. No siento la necesidad de correr de un sitio a otro, sino de dejar que el paisaje marque el ritmo. Me baño, me seco al sol, vuelvo a meterme en el agua, camino un poco más. Todo ocurre sin planificación estricta, pero con la tranquilidad de saber que el regreso está previsto y que solo tengo que estar de vuelta a la hora indicada. Esa certeza me permite relajarme del todo, disfrutar sin estar pendiente del reloj.
Cuando el día avanza y la luz empieza a cambiar, noto que el cuerpo también me pide bajar el ritmo. Busco un sitio elevado desde el que ver cómo el sol se acerca al horizonte, y me quedo allí, casi en silencio, compartiendo el momento con otros que, como yo, han entendido que no hace falta hablar para sentirse acompañados. Luego vuelvo hacia el puerto, con la piel salada y la mente despejada, y subo de nuevo al barco con esa sensación de cansancio bueno que solo dejan los días bien aprovechados, sabiendo que el viaje de vuelta también forma parte de la experiencia y que, mientras el casco corta el agua, me llevo conmigo algo más que fotos en el móvil.