Todo lo que conviene saber antes de descubrir este paraíso atlántico

por | 9 agosto, 2026

Prepárense, intrépidos exploradores de la belleza atlántica, porque están a punto de embarcarse en una odisea que, si no se planifica con la meticulosa precisión de un cirujano, puede convertirse en una comedia de errores. Olvídense de llegar y besar el santo; la clave para desentrañar los secretos de estas joyas gallegas, y la información Islas Cíes que les traigo, radica en la anticipación. Estamos hablando de un Parque Nacional Marítimo-Terrestre, un lugar donde la naturaleza manda y el ser humano es un invitado, sí, pero un invitado que debe reservar su silla con meses de antelación y, en ocasiones, luchar por ella como si fuera el último billete para el paraíso. Es un ecosistema frágil, tan bello como demandante en su respeto, y su acceso está tan controlado que uno podría pensar que va a entrar en una base secreta de la ONU.

Imaginen que han visto fotos: arenas blancas que harían sonrojar al Caribe, aguas cristalinas de un turquesa que desafía la paleta de cualquier pintor, y un horizonte que se pierde entre el azul del mar y el cielo. Pues bien, todo eso es cierto, pero el camino hasta esa postal idílica está empedrado de burocracia y previsión. Primero, el permiso. Antes siquiera de pensar en comprar un billete de ferry, deben obtener una autorización de la Xunta de Galicia, especialmente en temporada alta y Semana Santa. Sin ese papelito, su sueño atlántico se desvanece más rápido que un helado en un día de agosto. Es un trámite que requiere atención, fechas exactas y un poco de fe. Una vez que lo tengan en su poder, y solo entonces, pueden ir a por el billete de barco. No se confíen, las navieras no son amigas de las improvisaciones y si el cupo está lleno, da igual la convicción con la que defiendan su derecho a pisar arena fina.

Una vez a bordo del ferry, que suele zarpar desde Vigo, Cangas o Baiona, empieza el verdadero espectáculo. Pero atención, este no es un resort con todo incluido. En las islas, las infraestructuras son mínimas y su encanto reside precisamente en esa austeridad controlada. Hay un camping, eso sí, el único lugar donde se permite pernoctar, y su reserva es tan codiciada como una entrada para el concierto del año. Si no son de tienda de campaña, tendrán que conformarse con la excursión de un día. Y un día da para mucho, pero exige planificación: ¿qué ruta de senderismo haremos? ¿Cuánto tiempo dedicaremos a la playa de Rodas, esa maravilla descrita por The Guardian como «la mejor playa del mundo»? Porque sí, es una playa soberbia, pero no la única. Hay otras calas más íntimas, a las que se llega tras caminatas que recompensan con vistas espectaculares y una mayor sensación de exclusividad.

Y hablando de caminatas, déjenme hacer hincapié en el calzado. Olvídense de las chanclas de playa para explorar los senderos. Las Cíes tienen rutas de dificultad variable que serpentean entre bosques y acantilados, ofreciendo panorámicas que quitan el aliento, pero que también exigen un buen par de zapatillas. Lleven agua, mucha agua. La única fuente de hidratación garantizada es el pequeño bar-restaurante junto al embarcadero o el del camping, y las distancias en una isla, por pequeña que parezca en el mapa, pueden hacerse eternas bajo el sol de mediodía. Lo mismo ocurre con la comida; si no quieren depender de la oferta limitada, preparen su picnic con antelación. Es parte de la experiencia, al fin y al cabo, un picnic con vistas al Atlántico en un entorno protegido tiene un encanto singular.

Pero no todo es logística y preparativos; la esencia de las Cíes reside en su naturaleza indómita y su fauna. Las gaviotas, por ejemplo, son las verdaderas dueñas del lugar, y si bien sus graznidos pueden parecer melodía al principio, su insistencia y su descaro a la hora de buscar comida pueden convertirse en un personaje más de su aventura. No les ofrezcan comida, no los molesten; son parte del ecosistema y hay que respetar su espacio. También encontrarán cormoranes, vencejos marinos y, si tienen suerte, algún delfín jugando en las aguas que rodean las islas. El paraíso se cuida, y eso significa no dejar basura, no arrancar plantas, no llevarse conchas ni piedras. Parece obvio, pero la tentación del recuerdo a veces es poderosa; resistan.

La recompensa a todo este esfuerzo de planificación y respeto es una jornada, o varias, de pura inmersión en un entorno que parece sacado de un sueño. El silencio, roto solo por las olas y el viento, la pureza del aire y la inmensidad del paisaje son un bálsamo para el espíritu. No subestimen el poder de un buen libro bajo la sombra de un pino, el placer de un baño en aguas que, aunque algo frescas, son de una transparencia asombrosa, o la magia de ver el atardecer desde el faro. Es una experiencia que, a pesar de sus pequeñas «exigencias» previas, se graba a fuego en la memoria, un recordatorio de que los mejores destinos son a menudo aquellos que nos invitan a ser un poco más conscientes y respetuosos con el mundo que nos rodea.